Eris, personificación de la discordia, ocupa un lugar esencial en los relatos antiguos sobre el equilibrio entre el orden y el conflicto.
Su nacimiento varía según las fuentes, pero siempre se le relaciona con las fuerzas primordiales que moldearon el mundo. En la "Teogonía" de Hesíodo, es presentada como hija de la diosa Nix, la noche, quien también engendró a otras potencias sombrías como la Muerte y la Venganza y, sobre todo, las Moiras, las ineludibles diosas del destino. Esta filiación subraya la naturaleza inevitable de Eris, cuyas acciones trascienden la voluntad de los dioses y resuenan en los rincones más oscuros de la existencia.
Las acciones de Eris están marcadas por su capacidad para sembrar la discordia en contextos donde reina la estabilidad. Uno de los episodios más destacados asociados a ella es su papel en la boda de Peleo y Tetis. Según relata Pseudo-Apolodoro, Eris, resentida por no haber sido invitada, lanzó una manzana dorada con la inscripción "para la más hermosa", generando una disputa entre Hera, Atenea y Afrodita. Este conflicto desembocó en el juicio de Paris y, eventualmente, en la guerra de Troya. Su intervención en este evento refleja su naturaleza como catalizadora de tensiones latentes, capaz de transformar una celebración en el preludio de un conflicto épico.
Hesíodo también destaca su influencia en la vida cotidiana, distinguiendo dos formas de Eris: una que fomenta el esfuerzo competitivo y otra que incita a la envidia y la destrucción. En todo caso, Eris se presenta como una figura que desafía el equilibrio y la armonía.
En cuanto a sus relaciones y descendencia, Hesíodo nos ofrece una lista de los hijos que Eris engendró, todos ellos representaciones abstractas de las fuerzas que desestabilizan la vida humana. Entre ellos se encuentran Limos -el Hambre-, Algea -el Dolor-, Ponos -el Trabajo-, Makhai -las Batallas-, y Androctasiai -las Masacres-. Cada uno de estos descendientes refuerza la imagen de Eris como una fuente de sufrimiento y agitación, extendiendo su influencia más allá de los conflictos militares hacia todos los aspectos de la existencia humana.
Aunque la guerra de Troya es el episodio más recordado en el que interviene Eris, su impacto trasciende este evento. Como figura, representa la dualidad de la lucha y el desorden, necesarios para desestabilizar lo establecido y permitir nuevas formas. Su existencia, lejos de ser puramente negativa, es una constante recordatoria de la complejidad de las emociones y relaciones humanas, donde la discordia y la cooperación coexisten y moldean el destino de mortales y dioses por igual.
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