Y en el silencio de la magra noche, súbita y cubierta de rocío, la mano de la tierra, como un nido, dio cobijo a todos los mortales. Fecunda adquisición, para nuestros males, la tierna calidez de los estíos; Y para los carnavales, ha vestido de madreselvas las plazas de mi barrio. Allí, donde los vientos pasan de largo, Deméter se ha dormido en un suspiro. Descansa, reina mía, infatigable fuerza, aliento, espíritu y madre. Allí, donde los tenebrosos lares siempre oscuros, lúgubres y yermos se haya tu hija presa, en el infierno, ilumínala con una rosa que se abre.
I. Dioniso Dioniso es, desde su misma concepción, una figura marcada por la ambigüedad y la fractura. Dios del vino, del éxtasis y de la alteridad, encarna el éxtasis y el exceso como recorridos necesarios en la experiencia humana. Su identidad múltiple se refleja en la enorme variedad de epítetos que recibe en el mundo griego, cada uno de los cuales describe una faceta distinta: el dios que libera, el que ruge, el que nace dos veces, el que desciende a lo profundo, el que llega desde lejos. Estos nombres son significados de la complejidad de un dios polifacético. El ciclo vital de Dioniso comienza con un origen conflictivo que ya anuncia su destino. Hijo de Zeus y de la mortal Sémele , su gestación se ve interrumpida por la intervención destructiva de Hera. La muerte de Sémele obliga a Zeus a convertirse en incubador hasta completar su desarrollo. Este doble nacimiento -primero de una mujer mortal, luego del cuerpo del dios supremo- lo convierte a Dioniso en una figura excepci...