Lotis, hija del poderoso Poseidón, era una ninfa de extraordinaria belleza, cuya presencia parecía encarnar la frescura de los manantiales y el verdor de los valles. Su vida transcurría en armonía con la naturaleza, danzando entre los bosques y las orillas de los ríos, esquivando con gracia los avances de aquellos que deseaban poseerla. Sin embargo, su serenidad fue alterada cuando Príapo, el dios asociado al deseo insaciable, fijó sus ojos en ella.
Una noche, durante una celebración en honor a los dioses, Príapo vio a Lotis descansando a la sombra de un árbol. Su belleza, acentuada por la luz de la luna, lo llenó de un deseo irrefrenable. Mientras los demás dioses y ninfas se entregaban al sueño tras los festejos, Príapo se acercó con sigilo, decidido a reclamarla para sí. Pero en ese preciso momento, un asno irrumpió con un rebuzno estridente, despertando a todos y permitiendo a Lotis escapar.
Desesperada por huir de las insistentes atenciones del dios, Lotis corrió hasta que sus fuerzas se agotaron. Viendo que no tenía escapatoria, clamó a los dioses que la protegieran de aquel tormento. Su súplica fue escuchada, y en el instante en que Príapo estuvo a punto de alcanzarla, su cuerpo comenzó a transformarse. Sus pies se enraizaron en la tierra, sus brazos se extendieron hacia el cielo y su piel adquirió la textura de la corteza. Lotis se convirtió en el árbol de loto, cuyas flores blancas y delicadas reflejaban la pureza de la ninfa, mientras sus raíces profundas hablaban de su conexión eterna con la tierra.
Más allá de esta historia, el árbol de loto y sus frutos adquirieron un significado particular en la tradición de los hombres. En un rincón del vasto mar, Homero relata en su "Odisea" cómo los lotófagos, un pueblo que vivía en una isla de exuberantes lotos, se alimentaban de estas flores y frutos. Quienes probaban el loto olvidaban sus preocupaciones y vínculos terrenales, cayendo en un estado de placentero sopor. Los compañeros de Odiseo, al desembarcar en aquella isla, también probaron el fruto y desearon abandonar sus deberes, olvidando su patria y el regreso al hogar.
Así, el árbol de loto, nacido de la desesperada súplica de Lotis, es un símbolo dual, lo cual nos indica que podríamos estar hablando de dos especies distintas. Por un lado, encarna la pureza y la resistencia de la ninfa; por otro, la tentación de olvidar las ataduras, el hogar y hasta a seres queridos, deseando solo quedarse en una ociosidad sin responsabilidades, entregándose al olvido.
Se sospecha de que los relatos se refieren al ‘trigo de Zeus’, de ahí proviene el nombre científico. Es el caqui, conocido científicamente como Diospyros. El nombre proviene del griego "Dios" y "pyros" -trigo-, lo que se traduce como "trigo de Zeus" o "fruta de los dioses". Este fruto ha sido apreciado desde la antigüedad por su sabor dulce y su textura suave, ganándose el apodo de "dulce de la naturaleza".
El caqui o guayacana es originario de Asia, pero su cultivo se ha extendido a muchas partes del mundo debido a su popularidad. Además de ser delicioso, el fruto es rico en vitaminas y antioxidantes, lo que lo convierte en una opción saludable y nutritiva. El fruto no tiene propiedades psicoactivas.
En España, aunque no es muy común, se conoce simplemente como loto o caqui silvestre, dependiendo del contexto regional. No debe confundirse con el loto sagrado -Nelumbo nucifera-, que es una planta acuática totalmente diferente.
En términos de origen, el Diospyros lotus es nativo del sudeste de Europa y Asia Menor, y se ha cultivado históricamente en diversas regiones por sus frutos. Si bien en la literatura clásica se menciona a los lotófagos y al fruto del loto como un producto que provoca olvido y calma, es poco probable que se refirieran específicamente a esta especie, ya que un mismo nombre podría asignarse a distintas plantas, y evidentemente, a alguna con efectos narcóticos.
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